Mantener un equilibrio en nuestras vidas diarias es importante. Comer sano, hacer algo de deporte, tener tiempo para la familia y el ocio y para descansar, resulta fundamental. Cuando perdemos ese equilibrio, nuestro cuerpo y nuestra mente se resienten. En los discursos ocurre lo mismo. Cuando un orador habla demasiado tiempo o trata sobre un número excesivo de temas, la audiencia se resiente. Las personas comienzan a moverse inquietas en la sillas deseando irse de allí, o empiezan a oírse sonidos que nos indican que la gente se está cansando. Las mentes se saturan y terminan desconectando. Como consecuencia, lo único que se logra con este tipo de discurso es que el público se vaya de la sala aburrido y sin enterarse de nada de lo que orador ha estado diciendo.

 

En busca del equilibrio

Conseguir que nuestro discurso resulte equilibrado es sumamente importante. La pregunta clave es: ¿cómo podemos conseguir ese equilibrio? La respuesta es: usando la cantidad adecuada de información y presentándola de forma ordenada y fluida.

Utilizar la cantidad adecuada de información significa tener claro lo que queremos transmitir. Debemos centrarnos en las ideas principales que queremos hacer llegar a nuestros oyentes. Conviene que esas ideas sean pocas y bien definidas. Se trata de simplificar. Si intentamos dar demasiada información, sólo lograremos saturar al público y confundirlo.

Ya tenemos las ideas principales claras. Asegurarnos de presentar esas ideas de manera ordenada, es lo siguiente en la lista. Un discurso que siga una estructura clara y bien relacionada, facilitará que el público recuerde los puntos clave que nos interesan. Además, también nos facilitará la tarea a nosotros. Tener un orden establecido nos dará seguridad. Si tenemos claros cuáles son los puntos importantes que queremos transmitir y su orden, nos resultará más sencillo salir del paso en el caso de que surgiese algún imprevisto o nos perdiésemos en un momento determinado. Pero recuerda también que, aunque el orden es fundamental, también lo es el no ser excesivamente rígidos y dejar espacio para la creatividad.

Como ya hemos dicho, tener claros los puntos principales de nuestro discurso y presentarlos de manera ordenada, es básico. Pero también lo es el hacerlo de manera que resulte fluido. Debemos evitar resultar monótonos y repetitivos. Es aquí precisamente, donde nuestra creatividad cobra un papel importante. Utilizar siempre las mismas palabras o las mismas imágenes o diapositivas en nuestros discursos, resulta aburrido. Debemos ponernos en la piel de nuestro público. Preguntarnos qué tipo de discurso nos gustaría escuchar a nosotros si fuésemos parte de la audiencia. Hay que utilizar todos los recursos posibles a nuestro alcance para hacerles conectar con nuestro mensaje. La originalidad y la sencillez serán nuestras mejores armas para lograrlo.

Para conseguir ese orden y fluidez que nos interesan en nuestro discurso, la forma más fácil de hacerlo es presentarlo siguiendo esta estructura:

1. El inicio. La forma en que comenzamos nuestro discurso es fundamental. Lo primero es tener claro cuál va a ser el propósito que buscamos lograr y el tipo de público al que nos dirigimos. En base a ello, seleccionaremos las ideas principales que queremos hacer llegar a nuestra audiencia. Una vez que las tenemos bien definidas, ponerlas en orden es el siguiente paso. Hay que procurar no presentarlas de manera aislada. Debe existir una clara relación entre cada una de ellas. Hacerlo así, es imprescindible para dejar a nuestro público con una idea clara de lo que vamos a hablar. Nuestra introducción debe ser breve y concisa. Dos o tres minutos son suficientes para exponer los puntos más importantes en unas pocas frases. La idea es empezar a atraer la atención del público y ganarnos su confianza. Hay que comenzar desde el inicio a conectar con nuestra audiencia.

2. El desarrollo. Aquí vamos a explicar con detalle los puntos principales que mencionamos en el apartado anterior. Durante el desarrollo de nuestro discurso podremos observar que hay momentos en los que nuestro público está más atento y con una energía más alta que en otros. Es como una montaña rusa llena de subidas y bajadas. Nuestra misión es tratar de mantener el interés y la energía de la audiencia el mayor tiempo posible. Contar historias, anécdotas o algo divertido, son recursos que pueden ayudarnos a ello. Es importante que nuestro discurso resulte dinámico. Debemos evitar limitarnos a relatar una serie de ideas de forma mecánica. Nuestros oyentes deben sentir que les estamos aportando algo, de lo contrario desconectarán. Hay que llevarlos hasta un punto culminante donde confluya todo y podamos dar nuestro tercer y último paso.

3. El cierre. Es un momento clave. Muchas veces no se le da la importancia debida a esta parte. Y es vital. De que hagamos bien nuestro cierre o no lo hagamos bien, dependerá el hecho de que nuestra audiencia entienda bien nuestro mensaje y lo recuerde. Si hemos logrado que nos sigan hasta aquí, tenemos que realizar una conclusión memorable que capte la esencia de nuestro discurso. Podemos hacerlo de diversas maneras. Soltar una frase que resuma todo lo que hemos dicho, es una forma. Lanzar un reto al público o dejarles con una pregunta en la que deban pensar, es otra. Hay muchas posibilidades. Nuestra creatividad es el único límite.

En definitiva, la claridad de ideas, el orden y la fluidez, son la clave para lograr el equilibrio en nuestro discurso. Si sigues estos pasos, lograrás que el público conecte contigo y recuerde tu mensaje.