A lo largo de nuestra vida escuchamos cientos de discursos. En la escuela, en la universidad, en el trabajo, en la televisión,… Los discursos están más presentes en nuestra vida de lo que pensamos. Pero ¿cuántos de ellos recordamos realmente? ¿Cuántos nos llegan de verdad y nos motivan? ¿Cuántos nos han dejado con ganas de más? Una mínima parte, ¿verdad? Y ¿por qué? ¿Qué hace que un discurso resulte inolvidable y otro lo borremos de nuestra memoria nada más terminar? ¿Por qué hay oradores capaces de mover masas y llenar estadios y otros pasan totalmente desapercibidos? ¿Qué diferencias hay entre un orador memorable y otro normal?

 

Lo más importante

Podemos decir que hay cuatro factores básicos que marcan la diferencia entre un orador al que el público recuerda siempre y otro al que se olvida fácilmente:

1. La autenticidad. Nos sentimos atraídos por lo que nos resulta auténtico y genuino. Un orador puede tener muchos conocimientos técnicos. Puede ser un genio en su materia. Puede saber cómo organizar de manera adecuada un discurso y tenerlo preparado hasta el mínimo detalle. Pero si un orador quiere realmente conectar con su audiencia, debe mostrarse tal y como es. Sin fingimientos. Con sus defectos y debilidades. Sin tratar de aparentar ni de imitar a nadie. Cuando intentamos ser diferentes a como somos o imitar a otros, nuestro mensaje es negativo. Estamos diciendo que no nos consideramos suficientemente buenos u originales. Transmitimos al público que tenemos poco valor. Si en cambio nos comportamos de manera natural, el mensaje cambia por completo. Cuando hablamos tal y como lo hacemos con nuestros amigos, con nuestra familia, con la gente que queremos y nos hace sentir cómodos, somos auténticos. Y cuando somos auténticos, nuestro mensaje también se percibe como auténtico. Esa autenticidad es la que nos dará credibilidad y nos permitirá conectar con el público. La autenticidad es la que hará brillar a un orador y lo diferenciará del resto.

2. La pasión. Un buen orador debe sentir pasión por lo que está transmitiendo. Si no la siente, la audiencia lo notará y desconectará. No hay temas aburridos. Hay oradores aburridos. La responsabilidad de un buen orador con su audiencia es descubrir lo que hace que su tema sea realmente interesante. Cuando encuentra esa clave y se deja llevar por ella, es cuando surge la magia. Puede que sintamos un nulo interés por el ciclo de vida de un enjambre de abejas, por poner un ejemplo. Pero si un apasionado por la apicultura nos hablase sobre ello seguro que, como mínimo, lograría sorprendernos con algunas historias y despertar nuestra curiosidad. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? La respuesta es simple. Conecta con sus oyentes porque no utiliza palabras memorizadas. No se limita a repetir un guión sin más. Habla desde su propia experiencia. Habla desde lo que él ha vivido. Habla desde lo que ha visto, ha sentido y ha escuchado. Y por eso tiene la capacidad de recrearse en todo ello. Tiene la capacidad de transmitir toda su vivencia de una forma tan rica y detallada, que es capaz de hacer ver, sentir y escuchar lo mismo que él a su público. Existe una diferencia abismal entre limitarse a leer un guión y hablar sobre nuestras propias experiencias y pasiones.

3. La curiosidad. Un gran orador tiene claro que no puede quedarse anclado. Es preciso leer, investigar y buscar nuevos caminos. Sentir curiosidad y querer aprender continuamente es lo que diferencia a un orador genial de otro simplemente bueno. Pensar que uno ya lo sabe todo y no tiene nada nuevo que aprender, es un gran error. Un orador debería estar continuamente formándose y tratando de mejorar. Siempre se puede aportar algo nuevo y diferente a la audiencia. Siempre se puede ser innovador si nos dejamos arrastrar por la curiosidad.

4. La confianza. Ponerse delante de un público implica estar preparado para cualquier sorpresa. Desde que entramos en la sala hasta que salimos, cualquier cosa puede suceder. Al llegar, el orador puede encontrarse con que la disposición de la sala no es la que tenía prevista, que el proyector o la megafonía no funcionan o que su ordenador no es compatible con el equipo que está instalado allí. También hay que tener en cuenta al público. Puede encontrarse con un público maravilloso y entregado que conecte rápidamente con su mensaje. Pero también puede encontrarse con un público a quien no le interese lo más mínimo lo que pueda contarle. O que al final de su discurso le hagan preguntas con las que no contaba. Un buen orador debe estar preparado para ello y dejar el miedo aparcado fuera. Creer en uno mismo es fundamental. La confianza en sus propios conocimientos, experiencias y habilidades es básica. Si el público percibe a un orador inseguro, que no tiene claro lo que está diciendo, o que no es capaz de resolver una duda o un imprevisto que surja, no le seguirá. El público está ahí porque espera recibir algo. Tiene una expectativa. Puede ser aprender sobre algún tema o simplemente entretenerse. Eso es lo de menos. Pero si percibe que el orador se siente inseguro con lo que está haciendo, lo habrá perdido.

En resumen

Si pretendemos que nuestro discurso sea recordado por la gente, debemos tener muy presentes cuatro palabras: autenticidad, ser auténticos nos hace creíbles y nos diferencia del resto; pasión, la pasión que sintamos por lo que estamos contando, será la pasión que transmitiremos a la gente; curiosidad, para investigar y formarnos continuamente, la mejor garantía de éxito; y por supuesto, confianza en nuestros propios conocimientos y habilidades. Estas son las cuatro palabras que debemos tener siempre presentes a la hora de hablar en público. Ellas nos guiarán por el camino hacia la mente y el corazón de nuestros oyentes.