Tanto en nuestra vida personal como en nuestra vida profesional, muchas veces nos vemos obligados a afrontar conversaciones difíciles. Desde reclamarle a un cliente que nos pague una factura que nos debe hasta romper con una relación de pareja. Ninguna de estas situaciones resulta agradable, pero evitarlas o dejarnos llevar por sentimientos poco adecuados al hablar, tampoco son las mejores soluciones. Las conversaciones pendientes o que resolvemos de manera inadecuada pueden terminar afectándonos a nivel físico y psicológico. Es normal que nos duela la cabeza y nos cueste dormir cuando seguimos dándole vueltas al problema de falta de comunicación que tenemos con nuestro hijo, que nos sintamos enfermos, abatidos y sin ganas de ir a trabajar por culpa de ese compañero con el que siempre tenemos algún conflicto, o incluso que lleguemos a sufrir una depresión porque nos sentimos incapaces de hablar con nuestra pareja sin terminar discutiendo. La solución es aprender a afrontar las conversaciones de la manera adecuada.

 

¿De verdad es difícil?

Hay que tener en cuenta que este tipo de conversaciones pueden sacar lo peor de nuestra conducta. Cuando nos sentimos confundidos u obligados a tomar una decisión, nuestro cuerpo lo interpreta como una situación que puede ser peligrosa y pone en marcha su mecanismo de defensa para protegernos: nuestras glándulas suprarrenales se activan para bombear adrenalina al sistema sanguíneo, y el cerebro desvía la sangre de actividades que considera no esenciales en ese momento para dirigirla hacia los músculos de brazos y piernas, con el fin de luchar o salir corriendo, las dos únicas opciones que nuestro cerebro cree seguras para ponernos a salvo.

Pero si observamos bien, veremos que en una misma situación hay personas que son capaces de mostrarse seguras y tranquilas, manteniendo el control, mientras que otras estallan enseguida. ¿Qué hace que cada persona reaccione de forma diferente? La historia que nos contemos a nosotros mismos. O lo que es lo mismo, el significado que le damos a una determinada acción o situación. Cada uno de nosotros vamos siempre cargados con una mochila repleta de opiniones, sentimientos, teorías y experiencias propias. Cada una es diferente, y en función de nuestros pensamientos o historias debidas a esa mochila que llevamos a cuestas, nuestro organismo responderá con una emoción determinada. Por ejemplo, si mi compañero no me ha saludo esta mañana al entrar a trabajar, puedo interpretarlo como que tiene algún problema conmigo, enfadarme y ponerme a la defensiva, o bien puedo pensar que está distraído porque tiene algún problema en casa y ser yo el que se acerque a saludarle y preguntarle cómo le va. Todo depende de la historia que yo mismo me cuente en función de mi mochila personal.

Cómo podemos afrontarlo

Cuando tengamos que afrontar una conversación complicada, podríamos empezar por analizar nuestras motivaciones, preguntándonos dos cuestiones importantes:

– ¿Qué es lo que realmente deseo conseguir?

– ¿Cómo debería comportarme para lograrlo?

Plantearnos estas preguntas, nos ayuda a estar centrados en nuestro objetivo. Además, cuando formulamos una pregunta difícil a nuestro cerebro, nuestro organismo bombea sangre a las partes del cerebro que intervienen en el razonamiento, distrayéndola de otras partes de nuestro cuerpo que intervienen en el reflejo de huir o luchar. Así actuaremos de una manera menos impulsiva y más adecuada a nuestro objetivo inicial.

Ser conscientes de las emociones que nos genera una situación es importante. De esta manera, podremos influir sobre ellas en lugar de dejarnos dominar por ellas. Al cuestionar nuestros sentimientos, nos abrimos a la posibilidad de cuestionar nuestras propias historias. Necesitamos tener en cuenta que los seres humanos tenemos la habilidad de ir perfeccionando, con el tiempo y la experiencia, nuestra capacidad para elaborar explicaciones que nos sirven de autojustificación. Entre todas las historias que solemos contarnos, las tres más habituales son éstas: “Yo no tengo la culpa”, “todo ha sido culpa tuya” y “yo no puedo hacer nada”. Seguro que te suenan, ¿verdad? Podemos contarnos historias totalmente acertadas que nos lleven en la dirección adecuada, o historias poco acertadas pero que justifican totalmente nuestra conducta, lo cual nos hará sentir estupendamente con nosotros mismos y evitará que nos planteemos la posibilidad de cambiar. Una vez que aprendemos a reconocer los tipos de historias que nos contamos a nosotros mismos, podemos ser capaces de dominarlas para lograr nuestro objetivo.

Las personas que tienen más habilidades comunicativas son capaces de reconocer sus historias y diferenciarlas de los hechos. Aprender a distinguir hechos e historias es importante. Un hecho es que mi compañero olvidó saludarme esta mañana. La historia es la razón por la que yo creo que no me saludó. El hecho es algo objetivo que ha pasado, es real. La historia es mi interpretación. Hasta que yo hable con mi compañero y él pueda explicarme las razones de su forma de actuar, es imposible que yo sepa lo que ha ocurrido realmente. Ante la duda, lo mejor es reconocer el hecho y evitar contarnos historias que puedan complicar más la situación. Si vas a contarte una historia, procura que sea útil, que sea una historia que genere emociones y acciones positivas.

En resumen

Si te encuentras con una conversación difícil que necesitas afrontar, pregúntate en primer lugar qué quieres lograr y cuál sería la mejor forma de actuar para conseguirlo. Reconoce los sentimientos que te está generando esa situación y aprende a distinguir los hechos de las historias. Tienes en tus manos el poder de transformar una conversación difícil en una conversación beneficiosa para todas las partes implicadas.